Colaboración: Un amor de abogada colombiana

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"La ley del corazón"
Por Sergio Berrocal     

A la vista de tanto desafuero imbécil en el cine y la TV, cuando uno se tropieza con una joyita, joya a secas, como la serie colombiana de RCN Televisión "La ley del corazón", sobran las ganas de dar saltos mortales de alegría. Imposible citar todo el elenco, pero vayan algunos nombres y perdón por los olvidados: Luciano D’Alessandro, Carlos Benjumea, Rodrigo Candamil y Mabel Moreno, con escritura de Mónica Agudelo y Felipe Agudelo, dos hermanos de oro.

La trama es de lo más facilito, en apariencia claro. Un bufete por todo lo alto de abogados familiares de Bogotá donde ejerce una fauna compuesta por mujeres y hombres que le alegran la vida al más pintado, aunque haya muchas escenas en que la emoción corre de plano en plano en esta realización que nos dicen ha sido concebida en formato de cine.

Es contar y no parar.

Ellas, las abogadas, son todas bonitas o interesantes, elegantes como maniquíes modeladas por el modelador de Claudia Schiffer, dicharacheras, ocurrentes y preciosidad moral de mujeres.

Ellos, los abogados, representan toda la gama de hombres entre los 35 y los 50 y pico de años, cultos, elegantes sin apabullamiento, chistosos, con un sentido del humor de los más modélico.

Los guionistas, que naturalmente no se ven, son apoteósicos, como para ponerles un piso, como dicen en España, a cada uno o cada una de ellos o ellas.

Es la deliciosa levedad del ser abogado de alto rango que entre ellos tienen la bonita costumbre de restregarse el Doctor por aquí o el Doctor por allá, lo que recuerda al tratamiento de Maître que se da a los abogados en Francia.

Fatalmente, si ve usted la serie, va a enamorarse de Colombia, ese país sudamericano que hasta ahora era casi exclusivamente tristemente conocido por Don Pablo Escobar Gaviria y otros mangantes del tráfico de drogas como Rey de los cielos y algunos angelitos más que todos deseamos estén a buen recaudo de los hombres o de los diablos.

Droga y terrorismo, paramilitares, las Fuerzas Armadas Revolucionariss de Colombia (FARC) y otras monerías de una guerra sin fin completaban el retrato robot que cualquier turista podía tener a la hora de pensar en comprarse un billete para Bogotá.

Creo en serio y sin pitorreo que quien haya tenido o tenga la suerte de poder meterse en los pasillos del bufete de abogados de "La ley del corazón" va a cambiar su visión de esa nación que un servidor descubrió conociendo a los vendedores de bazuka (droga bastante fuerte que se vendía en puestos a partir de ciertas horas en las calles de Bogota pero inmediatamente sumergiéndome en la belleza insostenible de un pueblito, un emporio, llamado Cartagena de Indias, en el Caribe colombiano.

Todos los actores de la serie tienen la virtud de moverse con la gracia de los mejores momentos de las mejores comedias made in Hollywood, pensando en primer lugar en "Pisito de soltero".

Ellos y ellos, actores, metidos a abogados de porte elegancia natural y en abogadas de desfile de pasarela que nos hacen reír, sonreír o enjugar alguna lagrimita, son dignos de un Jack Lemon o de una Shirley MacLaine, y con esto creo que ya está dicho lo esencial.

Es un guiso tan deliciosamente pimentado que hasta se perdona que todos los personajes sean guapos, triunfadores y con una apariencia de felicidad que da asco.

Un guiso de alta cocina con la pimienta de un Sacha Guitry y la sal mediterránea, más bien napolitana, de Vittorio de Sica, de donde surgen consejos como éste: "Cuando no se sabe qué hacer, lo mejor es no hacer nada".

Un cha cha cha del amor, un mambo de pasión con alcaparras, un slow de sexo y un vals liberador. Se me viene a la cabeza, así a bote pronto, el espíritu de aquella gran película interpretada magistralmente (y crean que los adjetivos no sobran) por Jack Lemmon en su mejor momento; "Avanti".

Tienes que enamorarte fatalmente de Laura Londoño, la abogada estilizada que mueve las manos como una maga de Oz.

Ah, y por favor no me olviden a Catalina Mejía que, si mal no recuerdo, pero son todas tan ocurrentes, encarna a la abogada Cate, la más bajita, algo metidita en carnes pero con un cuerpo de locura de dos noches de cualquier verano.

Una noche liga en un bar con un tipo guapo al que no conoce y sin pensarlo dos veces lo mete en su casa y en su cama donde está pasando una noche de ensueño en technicolor y tres dimensiones cuando el amante le pide que se deje atar las manos a la cama para darle más picante al negocio. Y cuando consiente se acabó el amor. El individuo es un bandidito que la desvalija y la deja atada hasta que…

Ver a Cate contar y justificar su particular noche de pasión desenfrenada y atada finalmente es de lo más desternillante que alguien se pueda meter entre pecho y espalda en uno de estos días de volcánico calor europeo.

Catalina Mejía me recordó el juego desenfadado, todo en matices, de Juliet Mills cuando en "Avanti" (¿Qué ocurrió entre tu padre y mi madre?), convence al puritano hombre de negocios encarnado por Lemmon de que la vida y el amor a lo loco es lo más bonito que puede existir. No pierdan las confesiones de Cate y vuelvan a ver la película de Lemmon y Mills.

Sobre todo cuando uno de los machitos de doctores del bufete le pregunta insistentemente a Cate si el individuo que la ató alevosamente la violó. Ella, con una carita de muñeca de porcelana antigua comprada en el Nain Bleu de París contesta relamiéndose: "No, no, no me violó… ¡Fue delicioso!".

Y aquel abogado al que una amante despechada le publica orbi et orbi un video donde se le ve emparejándose con él en una enorme cama que vuela casi de pasión…

Son historia para sonreír y no llorar nunca más porque acordarse de ellas calienta el alma. Prueben.

Gracias, Victor Nieto, que una noche de hace por lo menos dos mil un años me enseñaste, tú que fuiste periodista y cineasta que el cine colombiano, al que yo estaba entonces conociendo, era algo muy grande. Aquello ocurría durante un Festival de Cine de Cartagena de Indias, mágico evento que tú llegaste a dirigir.

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